miércoles 31 de marzo de 2010

La balada de Bad Blake


La música country norteamericana no es muy popular aquí. No se conoce mucho de ella, ni a sus cantantes ni a sus compositores, más allá de algunos que trascendieron puertas afuera, como Johnny Cash, Willie Nelson o Pete Seeger. Sin embargo, la influencia en la cultura de América del Norte es enorme (lo que influenció y lo que recibió como influencia). Hablar de música country es hablar del sur, o sea es hablar de inmigración irlandesa, es hablar de pobreza rural, pero también de ese universo apasionante donde se cruzan las baladas y valses europeos, el blues, el góspel, el swing y, obviamente, el rockandroll.

Por eso es interesante asomarse a una película como “Creazy Heart”, en la que el genial Jeff Bridges compone a un cantante y compositor country de 57 años en cierta decadencia profesional y personal. Es una pintura de gran humanidad. Pero ¿qué hago yo recomendando una película de Hollywood, además premiada con el pasto farsesco de la Academia de los Oscar? A modo de confesión: somos (yo y otros amigos) admiradores de Jeff Bridges, un fenómeno que quedó confirmado con su papel de El Gran Lebowsky, y que ahora repite de manera magistral.

La película es una más de tantas, nada especial. Típica fábula sobre la caída y renacimiento de un hombre talentoso pero alcohólico, que necesariamente deberá redimirse (curarse) frente a la sociedad para seguir teniendo “éxito” y ser respetado y querido por los demás. Incluso por su nueva chica. El relato lo vimos cientos de veces en el cine, con otras caras y otras circunstancias. Lo que me gusta en realidad es este Bad Blake compuesto por Jeff Bridges, y su increíble parecido con el cantante Kris Kristofferson (en realidad con un prototipo de músico sureño). Es un ser humano entrañable y auténtico en todos sus detalles: su desaliño, su despreocupación, su forma de mirar, su cansancio, su conciencia de lo que está perdiendo, sus borracheras y hasta su forma de arreglarse los pantalones. En su aire de superación se asoma siempre un sentimiento de derrota. Salvo cuando está enamorado. Y todo lo transmite físicamente -su cuerpo y sus gestos y su mirada-, mucho más que con sus palabras y su acento del sur. Sencillamente genial.